Imagen del autor
H

ay naciones que miden su identidad futbolística en trofeos y hay otras, como la nuestra, que la miden en instantes. Hoy, cuando Bolivia cumple 201 años de existencia, el país vuelve a hacer un ejercicio que ya se ha vuelto costumbre dolorosa: contar con los dedos de una sola mano los momentos en que el balón nos regaló algo parecido a la plenitud.

No hablamos de un déficit menor ni de una racha pasajera. Hablamos de una estructura, de un patrón que se repite generación tras generación, y que convierte cada anécdota gloriosa en reliquia de museo antes que en promesa de futuro. Si la felicidad de los pueblos futboleros se edifica sobre la acumulación, la nuestra se sostiene sobre la escasez, y toda escasez prolongada termina mutando en una forma particular de resignación.

El inventario es breve y, por eso mismo, sagrado. El Campeonato Sudamericano de 1963, conquistado en casa con un triunfo épico sobre Brasil en Cochabamba, permanece como el único título oficial de la selección mayor, con más de sesenta años de antigüedad a cuestas. La clasificación al Mundial de Estados Unidos 1994, sellada tras una eliminatoria memorable en 1993, es el segundo gran mojón, y ya ronda las tres décadas de distancia.

En el plano de clubes, apenas un episodio rompe la monotonía: la Recopa Sudamericana de 1970, obtenida por el ya extinto Mariscal Santa Cruz, aquel equipo de las Fuerzas Armadas que desapareció en 1976 y que sigue siendo, hasta hoy, el único club boliviano campeón de un torneo oficial de la Conmebol. A ello se suma la final continental que Bolívar disputó en 2004, cuando llegó a instancia decisiva de la Copa Sudamericana y cayó por un ajustado marcador global ante Boca Juniors, tras ganar el partido de ida en La Paz. Fuera de estos hitos, solo quedan los ecos de una Academia Tahuichi que, en su momento de esplendor, supo cosechar reconocimientos formativos, ganando el primer campeonato Sudamericano sub 16 en Lima, de forma espectacular y en representación de Bolivia.

Resulta pertinente, en esta fecha, preguntarse qué clase de vínculo sentimental puede sostenerse sobre tan magra evidencia. La respuesta, incómoda pero honesta, es que el hincha boliviano ha aprendido a amar no el triunfo, sino la posibilidad remota del triunfo. Existe una idea, difundida por cierta tradición del pensamiento contemporáneo, según la cual el ser humano no requiere alcanzar la meta para encontrar sentido, sino que el sentido reside en el propio acto de perseverar frente a lo insondable. Esa noción, hermosa cuando se aplica a la condición existencial general, se vuelve trágica cuando se traslada al deporte de masas, porque un pueblo no puede vivir eternamente de la dignidad del intento sin, alguna vez, tocar la recompensa concreta.

Y aquí es donde la reflexión debe volverse incómoda también hacia adentro. No se trata solamente de mala fortuna ni de una supuesta maldición telúrica que algunos insisten en invocar con liviandad. Se trata, con crudeza, de un sistema futbolístico que no ha logrado profesionalizarse con la seriedad que exige la época. Mientras nuestros vecinos construyeron academias, exportaron talento sistemáticamente y edificaron ligas competitivas capaces de nutrir a sus selecciones, Bolivia continuó apostando a la altura geográfica como argumento deportivo, como si la ventaja circunstancial de los 3.600 metros pudiera sustituir indefinidamente a la planificación, la inversión y la disciplina institucional. La altura nos dio victorias esporádicas; nunca nos dio un proyecto.

El Mundial recién concluido, el de 2026, ha sido —hay que decirlo sin envidia ni resentimiento— un torneo espléndido en casi todos sus órdenes: en el nivel futbolístico exhibido, en la épica de sus protagonistas, en la emoción global que logró convocar. Y, sin embargo, para Bolivia, ha sido también un espejo despiadado. Un espejo que devuelve la imagen de una selección ausente no por infortunio puntual, sino por un abismo de nivel que se ha ido ensanchando año tras año, torneo tras torneo, eliminatoria tras eliminatoria. Ya no estamos ante la posibilidad de una sorpresa; estamos ante la constatación de una distancia estructural. Sudamérica entera avanzó; nosotros permanecimos, en el mejor de los casos, detenidos, y en el peor, retrocediendo.

Conviene aquí evocar, sin necesidad de nombrarlo, a aquel filósofo que sostuvo que la nostalgia no es el recuerdo del pasado sino la conciencia dolorosa del presente irrecuperable. Esa es, exactamente, la textura emocional del boliviano futbolero contemporáneo: no añora un pasado glorioso —porque apenas lo tuvo—, añora la posibilidad, cada vez más lejana, de que ese pasado diminuto vuelva a repetirse. La melancolía nacional, en materia futbolística, no es la de quien perdió un imperio, sino la de quien jamás terminó de construir uno, y que observa, con una mezcla de ternura y desesperación, cómo el resto del vecindario sí lo hizo.

Por eso, sostener hoy que el país "espera con esperanza" resultaría, cuando menos, un eufemismo excesivamente generoso. La esperanza, en sentido estricto, presupone una base razonable de probabilidad. Lo que en realidad se ha instalado en el imaginario colectivo boliviano es una súplica, una petición de clemencia dirigida a un destino deportivo que, año tras año, se muestra esquivo. Ya no pedimos favores al balón: le pedimos piedad. Y esa diferencia, sutil en apariencia, es en realidad abismal, porque revela hasta qué punto el optimismo estructural ha sido sustituido por una plegaria de mínima subsistencia emocional.

En este bicentenario y una centuria adicional de vida republicana, Bolivia tiene motivos históricos, culturales y humanos de sobra para celebrarse a sí misma. Pero sería una deshonestidad intelectual fingir que el fútbol acompaña esa celebración con la misma dignidad. La tarea pendiente no es menor: exige repensar desde los cimientos la formación de nuevas generaciones, exige exigir profesionalismo a dirigentes y clubes, exige —sobre todo— abandonar la comodidad del lamento poético para transitar hacia la incomodidad de la autocrítica estructural. Solo así, quizás, dentro de otras seis décadas, no tengamos que seguir contando nuestras alegrías con los dedos de una sola mano, ni seguir pidiendo, con la voz quebrada del suplicante, una piedad que el fútbol boliviano, hasta ahora, se ha negado sistemáticamente a conceder.

Y así, mientras el mundo del fútbol se profesionaliza a golpes de ciencia, planificación y paciencia institucional, Bolivia sigue apostando su suerte a los 4.150 metros de El Alto, como si la altitud pudiera suplir indefinidamente lo que nunca quisimos construir: canteras serias, competencia interna exigente, dirigencia responsable, continuidad de procesos. La altura marea al rival ocasional; no forma futbolistas, no corrige errores estructurales, no sustituye al trabajo de fondo. Confundir una ventaja geográfica con una política deportiva es, en el fondo, la razón más honesta de nuestra pobreza futbolística: no nos falta oxígeno, nos falta método.

¡Viva Bolivia querido amigo lector!

Gonzalo Gorritti Robles es periodista deportivo.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.