
l fútbol, ese ritual moderno que pretende sublimar la contienda humana en noventa minutos de reglas compartidas, volvió a mostrar esta semana su reverso más inquietante. Lo que debió ser una simple crónica deportiva —un cotejo correspondiente a la fecha 19, disputado en la ciudad de El Alto, resuelto con un contundente 6 a 0— se transformó, en cuestión de horas, en un símbolo incómodo de algo mucho más vasto que el resultado en sí. El marcador, ese dato que normalmente clausura toda discusión, esta vez apenas abrió la puerta a un relato perturbador que excede largamente los límites del césped.
Los hechos, ya de dominio público, resultan tan elocuentes como perturbadores: el guardameta del equipo visitante habría sido objeto de amenazas dirigidas contra su madre, condicionadas a que permitiera un número específico de goles al conjunto local. La cifra exigida —tres tantos— se cumplió con una precisión casi macabra dentro de los primeros treinta y cinco minutos del encuentro, momento en que el futbolista solicitó su propio reemplazo, incapaz ya de sostener el peso de una decisión que ningún deportista debería enfrentar jamás. El deporte, entendido tradicionalmente como espacio de encuentro y catarsis colectiva, se convirtió esa tarde en escenario de una angustia privada devenida en tragedia pública.
La rueda de prensa posterior al partido confirmó, con crudeza documental, la gravedad de lo sucedido. El cuerpo técnico y la totalidad del plantel comparecieron ante los medios en un estado de visible consternación, describiendo un vestuario atravesado por el miedo antes que por la habitual tensión competitiva. Otro futbolista, compañero del arquero amenazado, reconoció haber pedido su propia sustitución al enterarse de la situación, temeroso de que un gol suyo pudiera precipitar una tragedia ajena. La antítesis resulta reveladora: donde debía primar la épica del esfuerzo, se instaló el pavor; donde se esperaba la exaltación del triunfo o la resignación de la derrota, apareció únicamente la fragilidad de cuerpos que jugaban, en realidad, por sobrevivir.
Las declaraciones, difundidas con celeridad inusitada por los canales digitales contemporáneos, trascendieron fronteras con una velocidad que dice tanto del hecho en sí como de la arquitectura mediática que lo amplifica. En pocas horas, un episodio circunscrito a un estadio periférico de la geografía sudamericana se convirtió en tema de conversación global, reactivando —una vez más— la vieja sospecha de que el fútbol boliviano, y acaso el fútbol sudamericano en su conjunto, no logra desprenderse del todo de las sombras que lo acompañan desde hace décadas. La visibilidad extrema, paradójicamente, no trajo consigo mayor claridad sobre los hechos; trajo, sobre todo, mayor exposición de una herida que permanecía, hasta entonces, parcialmente oculta.
En medio de esta controversia, resurgió con fuerza renovada el cuestionamiento hacia el trabajo arbitral y, en particular, hacia el VAR, sistema de videoarbitraje. La tecnología que fue concebida como instrumento de objetividad —como promesa de una verdad indiscutible, verificable, casi incontrovertible— se ha convertido controversialmente en fuente inagotable de suspicacia. Lo que debía disipar la incertidumbre termina, con frecuencia inquietante, produciéndola. Este contraste no es menor: una herramienta diseñada para blindar la transparencia del juego se transforma, en la percepción pública, en un mecanismo opaco, sometido a interpretaciones discrecionales que reavivan el descrédito antes que sofocarlo.
Vivimos en una época que ha depositado en los dispositivos técnicos una confianza casi religiosa, como si la mediación algorítmica garantizara, por sí sola, la neutralidad axiológica de cualquier decisión. Sin embargo, todo artefacto es, en última instancia, administrado por manos humanas, y toda supuesta objetividad se revela, tarde o temprano, atravesada por intereses, omisiones y decisiones discrecionales. El VAR no es corrupto ni virtuoso por naturaleza; es, apenas, el espejo fiel de quienes lo operan y de las instituciones que lo cobijan.
Y es precisamente en el plano institucional donde conviene detener la mirada con mayor detenimiento. El torneo local, que en las últimas temporadas ha intentado construir una narrativa de progreso y profesionalización, vuelve a verse empañado justo cuando más necesitaba consolidar su credibilidad ante propios y extraños. La reiteración de episodios semejantes —no aislados, sino recurrentes en la memoria reciente del fútbol nacional— sugiere que no estamos ante una anomalía coyuntural, sino ante un síntoma estructural que exige ser leído en clave más profunda que la meramente deportiva.
Esa clave más profunda remite, inevitablemente, a la cuestión de la corrupción como fenómeno que ha logrado, en nuestro país, una suerte de normalización silenciosa, casi institucionalizada desde las propias esferas de administración del Estado. Cuando la excepción se repite con la suficiente frecuencia, deja de percibirse como excepción y pasa a integrarse al paisaje cotidiano, aceptada con la resignación de quien ya no espera otra cosa. Esta banalización de lo irregular —esta costumbre de lo anómalo— constituye, quizás, el verdadero escándalo de fondo: no el episodio puntual que hoy ocupa los titulares, sino la desconcertante facilidad con la que la sociedad boliviana ha aprendido a convivir con la sospecha permanente como si fuera parte del contrato social.
Frente a semejante panorama, resulta legítimo preguntarse cómo aspirar a la transparencia en cualquier otro ámbito de la vida pública si el terreno simbólico del deporte —ese espacio que debería representar, al menos idealmente, el triunfo del mérito sobre el artificio— continúa siendo terreno fértil para la manipulación y el miedo. La pregunta no busca respuesta inmediata ni consuelo fácil; busca, más bien, instalar una incomodidad productiva, una pausa reflexiva capaz de interrumpir el ciclo de indignación efímera que suele consumir estos episodios en apenas unos días, hasta que el siguiente escándalo los sepulte bajo el olvido colectivo.
Quizás el verdadero desafío no consista en resolver este caso puntual —tarea que corresponde, con toda razón, a las instancias judiciales y deportivas competentes— sino en sostener la pregunta que él mismo formula: la de una comunidad que necesita, con urgencia, recuperar la confianza en sus instituciones antes de que la sospecha se convierta en su único idioma común. El fútbol, en este sentido, no hace sino devolvernos, amplificado y dramatizado, el reflejo exacto de aquello que somos como sociedad. Y ese reflejo, hoy por hoy, exige menos indignación pasajera y mucha más lucidez sostenida.
PD: Después del partido disputado en el “Titán de El Alto” entre ABB y The Strongest por la fecha 20, el director técnico y los jugadores de ABB denunciaron un mal arbitraje de Dilio Rodríguez que según el entrenador Walter Flores los perjudicó al anular un segundo tanto, cuando le ganaban al Tigre por 1 a 0. “es una vergüenza, intereses obscuros, nos quieren descender”. Esta novela… continuará.
Gonzalo Gorritti Robles es periodista deportivo.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
