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. Es fascinante comprobar que los extremos ideológicos a veces terminan compartiendo la misma estación de radio en Bolivia. Durante años los cruzados del proceso de cambio defendieron la bolivianización a capa y espada y miraban al dólar como un intruso imperialista, hoy se rasgan las vestiduras para proteger un tipo de cambio fijo. Y, en la otra orilla, algunos libertarios o mileitos cabecitas negras que sostienen que el mercado debe fijar todos los precios, incluso los de los amores y desamores, ahorasti descubren que el dólar merece una excepción. Es la mano invisible que también pide favores y de vez en cuando, le gusta que le agarren de la muñeca

2. La realidad nashional es menos dramática y bastante más técnica. Bolivia no tiene todavía un tipo de cambio plenamente flexible, sino un régimen administrado: los bancos privados reportan al Banco Central las operaciones del mercado mayorista al cierre del día, y con esa información se fija un tipo de cambio oficial que rige durante las siguientes veinticuatro horas. En suma el tipo de cambio lo determina el mercado mayorista pero por un día el tipo de cambio es fijo.

Imagínese un patio de colegio. Los niños corren libremente hasta que alguien grita “¡estatua!”. Exactamente eso ocurre con el tipo de cambio: el mercado se mueve durante el día, pero una vez que el Banco Central anuncia la cotización, el precio queda congelado hasta la jornada siguiente.

Es decir, el mercado ya participa, y “ fija” el tipo de cambio pero el Banco Central sigue actuando como un celoso director de orquesta que decide cuándo comienza y cuándo termina cada movimiento

1. Pero lo más divertido de la vuelta de la obsesión nashional, por el tipo de cambio, es como la vuelta del yo-yo. Todos quieren que suba y baje y no solamente suba pues waway como está ocurriendo en la coyuntura actual boliviana. Dónde has visto un yo-yo, que desafíe a la gravedad, que en vez de bajar solo sube.

2. Y toda esta discusión se parece a un intenso debate sobre el termómetro: si debe ponerse en la boca o donde la espalda pierde su elegante nombre. Se olvida que el tipo de cambio no es la enfermedad; apenas es un indicador. Durante quince años, el termómetro estuvo congelado en 6,96 Bs y muchos concluyeron que la economía gozaba de perfecta salud, aunque el paciente ya presentaba síntomas preocupantes. Hoy, con un régimen más flexible, el termómetro marca una temperatura más alta y la indignación se dirige contra el instrumento, como si romperlo fuera suficiente para bajar la fiebre.

3. El verdadero desafío no es domesticar el termómetro, sino curar al paciente. Eso exige generar más dólares mediante exportaciones e inversión, corregir el déficit fiscal, recuperar la credibilidad de la política económica y fortalecer instituciones, empezando por un Banco Central verdaderamente independiente. Porque esconder el termómetro nunca ha curado una infección; solo consigue que el diagnóstico llegue demasiado tarde.

Gonzalo Chávez Álvarez es economista y analista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.