
l informe del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA) 2025, los exámenes realizados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), muestra datos fundamentales en el desempeño académico de los jóvenes de 15 años, dentro de las áreas de lenguaje, escritura, matemáticas, ciencias y habilidades computacionales. Sus datos señalan un retroceso en varios países de la OCDE y de América Latina; entre los que tienen puntajes más bajos están Guatemala, El Salvador, Paraguay y Argentina.
En Europa, no les fue bien a España, Francia, Suecia e incluso a Finlandia y Alemania; sin embargo, PISA es solo una fotografía. Una foto puede ser extraordinariamente útil. Expresa algo que no se observa con simples diagnósticos cualitativos y, además, permite comparaciones. Puede revelar tendencias y recomendar a los gobiernos que abandonen discursos complacientes para reformular las políticas educativas.
El problema de las fotografías en cuanto a medición de los aprendizajes, descansa en que siguen siendo una imagen estática de la realidad. Por lo tanto, no es prudente convertir a PISA en una película completa de cualquier escenario educativo. Los resultados corresponden a una población determinada, a competencias específicas y a un cierto momento (cada cuatro años).
Las diferencias entre los países pueden estar relacionadas con numerosos factores: condiciones socioeconómicas, desigualdad, políticas educativas, características institucionales, formación docente, cultura familiar, asistencia escolar y composición de la población evaluada. Por eso, los indicadores necesitan ser explicados dentro de su “contexto”. Un resultado malo o deficiente debe producir la necesidad de ejecutar una mayor investigación, no solamente indignación. Una caída en los aprendizajes debe producir preguntas, no únicamente sospechas en cuanto quiénes serían los eventuales culpables de la mala educación.
La posición dentro de un ranking debería abrir una reflexión sobre cómo aprender, no cerrar la conversación mediante la etiqueta de “país exitoso” o país con “fracasos constantes”. El verdadero peligro de PISA aparece cuando la medición deja de ser un instrumento estadístico para conocer la realidad y se convierte en la realidad misma.
¿Quién mejora después de conocer los resultados?
Esta es la pregunta fundamental. Después del enorme pánico producido por los resultados (los jóvenes ya no leen y, asimismo, comprenden menos, escriben mal y fallan en el razonamiento lógico), debemos reflexionar en torno a lo siguiente: ¿qué sucede concretamente en las escuelas? ¿Se modificará la formación de los profesores? ¿Se identificarán las dificultades específicas de aprendizaje de cada estudiante para que puedan salir adelante? ¿Se desarrollarán sistemas de alerta temprana? ¿Se podrá intervenir antes de que el niño acumule años de rezago? ¿Se mejorará la enseñanza de la lectura y las matemáticas en América Latina? ¿Se acompañará pedagógicamente al maestro? ¿Se fortalecerá la educación inicial? ¿Se trabajará también con las familias? ¿Se reorganizará el tiempo escolar? ¿Se construirán mejores instrumentos de evaluación formativa?
Si la respuesta es no, entonces se realizó una extraña operación burocrática: se midió el problema, sin saber si se va a intervenir apropiadamente sobre él. Esto transforma a la evaluación en una ceremonia. Medimos, publicamos, comentamos, discutimos y olvidamos, hasta que llega la siguiente prueba PISA.
La presencia de la inteligencia artificial (IA)
Aquí aparece una segunda problemática histórica. Mientras seguimos utilizando pruebas estandarizadas para medir las capacidades de los estudiantes, la inteligencia artificial (IA) comienza a realizar algunas de las tareas cognitivas que esas pruebas intentan capturar. La IA resuelve problemas matemáticos, resume textos, traduce, escribe ensayos, explica conceptos científicos y produce respuestas académicas en segundos. La frontera entre saber, buscar, interpretar y producir conocimiento está cambiando.
Esto no significa que la IA vuelva inútil a PISA; significa que obliga a reconsiderar qué entendemos por aprendizaje. Si una máquina puede proporcionar rápidamente una respuesta correcta, quizá la pregunta educativa fundamental ya no sea solamente: ¿puede el estudiante responder correctamente? Tal vez debamos preguntar también: ¿puede comprender el problema? ¿Puede formular una buena pregunta? ¿Puede verificar una respuesta cuando consulta la IA? ¿Puede distinguir información verdadera de información falsa? ¿Puede argumentar por sí mismo sin la IA? ¿Puede reconocer un error producido por una máquina? ¿Puede utilizar la IA sin depender constantemente de ella? ¿Puede crear conocimiento y tomar decisiones responsables? Estas capacidades son mucho más difíciles de medir con PISA.
El juez y el remedio
La cuestión se vuelve todavía más problemática cuando proponemos que la inteligencia artificial sea, simultáneamente, juez y remedio del aprendizaje. Primero utilizamos tecnologías algorítmicas para diagnosticar al estudiante. Después utilizamos otras tecnologías algorítmicas para enseñarle. Finalmente volvemos a utilizar sistemas algorítmicos para evaluar si aprendió. El círculo parece perfecto. Pero, precisamente, por eso debemos desconfiar.
Una tecnología que diagnostica, recomienda, enseña y evalúa puede terminar definiendo aquello que consideramos aprendizaje. El peligro no está en utilizar IA; el riesgo está en permitir que la tecnología determine silenciosamente los fines de la educación. La escuela no existe para producir seres humanos que respondan correctamente a las máquinas. Existe para formar personas capaces de pensar, juzgar, crear, convivir y actuar responsablemente, en un mundo que ninguna prueba puede “predecir” completamente.
La discusión debería abandonar la obsesión por saber quién está arriba y quién abajo en las pruebas PISA. La pregunta crucial no es qué país ocupa determinado lugar. Es otra: ¿qué estamos haciendo para que un niño o un joven, que hoy tiene dificultades de lectura, pueda leer mejor dentro de un año? Esta pregunta es menos espectacular. No produce grandes titulares, ni discusiones en los medios masivos de comunicación; no permite organizar fácilmente una tabla internacional; no ofrece la satisfacción inmediata de declarar vencedores y perdedores. Pero es mucho más cercana a la escuela.
Debemos intervenir cada día pensando en mejorar las escuelas, hablar con los docentes para obtener más compromisos, involucrar a las familias para que acompañen todo el tiempo a sus hijos en los aprendizajes de la escuela y de la vida. Así, PISA será solo un referente estadístico para mejorar y evitar que todo se convierta en una visión apocalíptica sobre la educación. La dirección es única: amar o apreciar a los estudiantes, a los hijos para que, con calma y tiempo de calidad, aprendan lo fundamental y sean hombres o mujeres éticos, valiosos y capaces de cambiarse a sí mismos.
Más allá de PISA
Necesitamos PISA, pero necesitamos mucho más que PISA. Necesitamos mediciones internacionales, pero también evaluaciones nacionales y locales. Necesitamos conocer tendencias, pero también diagnosticar individuos. Necesitamos comparar sistemas, pero también entrar en las aulas. Necesitamos estadísticas, pero también observar cómo aprende un niño. Necesitamos datos, pero también comprender a los maestros y a las familias.
Requerimos, sobre todo, dejar de confundir “medir la educación” con “mejorar la educación”. La crisis contemporánea no consiste en que algunas escuelas enseñan mal. La dificultad reside en que la escuela intenta construir aprendizajes duraderos dentro de una cultura que produce constantemente provisionalidad, velocidad y obsolescencia. PISA puede registrar una parte de ese fenómeno, pero no puede resolverlo.
La verdadera prueba no ocurre cada cierto número de años cuando se publica un ranking internacional, sucede cada mañana, cuando un maestro entra en un aula y un niño intenta comprender algo que ayer todavía no comprendía. Allí no hay rankings; no hay titulares y no hay países ganadores; hay solamente una pregunta central: ¿aprendió realmente el estudiante? Si la respuesta es no, el problema no se resuelve publicando las cifras de PISA, sino actuando de manera integral con los padres de familia, maestros convertidos en mentores y estudiantes que quieren aprender cada día, porque así se liberan a sí mismos, no solamente de la ignorancia, sino también de los vicios que la propia sociedad arrastra.
Franco Gamboa Rocabado es sociólogo político y catedrático Fulbright de Ciencias Políticas.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
