
uando el corazón se paraliza todo deja de funcionar, los primeros intentos de quienes auxilian son tratar de accionarlo para que vuelva a palpitar, el deseo expreso o en silencio de los que están alrededor es “que vuelva a latir el corazón”. Y ese es el nombre que decidí dar a una charla virtual como un deseo expreso de esperanza para todos los que me escucharon y hoy aspiro lo mismo para los que me leerán.
El corazón como órgano está funcionando en todos nosotros (en este momento estoy escribiendo y ustedes leyendo, por eso lo asumo); está bombeando la sangre a todo el cuerpo recordándole que aún hay vida y que la situación actual no debería tener el suficiente poder para paralizarlo. Sin embargo, la sensación que se tiene es justamente esa, nos sentimos paralizados en el medio de un tsunami de emociones que no podemos diferenciarlas.
Entonces, el corazón como órgano sigue funcionando, pero la mente que es donde decidimos se encuentra entumecida, las dudas nos invaden y los temores nos dominan. Sentimos que el corazón deja de latir cuando la esperanza se desvanece o la incertidumbre nos aturde. Todo lo descrito, lo no escrito y lo inimaginable está siendo real en la vida de nosotros.
Quedarnos inmovilizados no es buena idea, ese sería un lujo que no deberíamos darnos; los que queremos vivir tenemos que accionar todos los medios posibles para que vuelva a latir el corazón con fuerza, garra, esperanza y proyección de vida larga. Todos tenemos responsabilidad de los que están alrededor nuestro y si no lo hacemos por nosotros, nos debemos a ellos. Por tanto, ninguna crisis debería tener más fuerza que el amor a quienes esperan de nosotros.
Las crisis son diferentes y cíclicas, cada determinado tiempo existe una. Lo que no es diferente son las reacciones de quienes las vivimos. Algunos se paralizan, otros caminan hacia adelante (avanzan) y un grupo se mueve para atrás.
No podemos juzgar a nadie, no es tan fácil transformar una emoción negativa en una positiva y que nos impulse a seguir caminando. Sólo que es importante saber que es imposible hacerlo si es que primero no entendemos qué estamos sintiendo o cómo manejamos los pensamientos que nos abruman, no culpo a la gente que ruega tener una explicación razonable de todo lo que está viviendo dentro de su casa, oficina o empresa. Algunos llaman para pedir ayuda en ese proceso, lo que les hace más llano el camino; otros sencillamente callan sin entender por qué no lo pueden hablar.
Todos tenemos la necesidad de entender, crecer y aprender, sino sentimos eso es cuando empezamos a morir, ¿cuántos aprendieron a cocinar en este tiempo?, ¿a manejar nuevos programas tecnológicos?, ¿a desarrollar habilidades con las manos?, esos aprendizajes y crecimientos inyectan vida, nos sentimos útiles, descubrimos capacidades, prestamos atención a lo que hasta el momento había pasado completamente inadvertido al lado nuestro.
Todo eso lo vivimos el momento que pensamos antes de respirar, el instante que no respiramos como un acto involuntario e inconsciente, sino cuando lo hemos hecho hondo y conscientemente, inhalando aire, pero también esperanza como el hálito de Dios que nos cobija para empoderarnos y susurrarnos que no estamos solos, que juntos podemos, que unidos es más fácil y que somos más de lo que hacemos.
Siempre y cuando el corazón siga latiendo no te olvides de respirar, hondo.
Jean Carla Saba es conferencista, escritora, coach ejecutiva y de vida.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
