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ay noches en que el fútbol se parece a un tribunal y otras en que se parece a una confesión. La del lunes, en el London Palladium, tuvo algo de ambas. Harry Kane, a los 33 años, recibió el Balón de Oro que el tiempo parecía haberle negado. Convirtió 73 goles en 65 partidos entre el Bayern de Múnich y la Selección Inglesa, y 61 de ellos llegaron con el club bávaro. Fueron 36 en la Bundesliga, que le dieron la Bota de Oro europea, 14 en la Champions y 10 en la Copa alemana. Con eso rompió una sequía de un cuarto de siglo para el fútbol inglés, que no coronaba a nadie desde Michael Owen en 2001. Antes de discutir el veredicto conviene admitir lo esencial: no se trata de un premio fortuito, sino de una cosecha.

Su candidatura se sostiene sobre un hecho casi aritmético. Sus 61 goles de club superaron en 19 a los de cualquier otro futbolista de las cinco grandes ligas, una distancia que en el fútbol contemporáneo equivale a correr los cien metros con ventaja de un cuerpo entero. A ello se suma el doblete del Bayern y una final de Copa con triplete incluido. Kane, además, dejó hace tiempo de ser el rematador de manual: baja, reparte y piensa el juego, y por eso suma siete asistencias en el curso. En una era de delanteros que se disuelven en sistemas, él es un ariete que todavía entiende la palabra como oficio y no como simple etiqueta.

Hasta aquí, el elogio. Pero un editorial honesto debe incomodar también al ganador, y el flanco de Kane es el de las vitrinas. El Bayern cayó en las semifinales de la Champions, y su selección terminó tercera en el Mundial, sin llegar a la final, pese a sus seis goles. El propio Kane había advertido, meses atrás, que podría marcar cien goles y aun así no ganar el premio si no levantaba una Champions o un Mundial. Pues bien: ganó sin ninguno de los dos. Esa es la paradoja que enciende la discusión. El galardón premió un volumen colosal, pero no la coronación en la cima, y quien vive de la lógica del trofeo supremo encuentra aquí una grieta difícil de ignorar.

Esa grieta explica buena parte del malestar en España, donde la noche se vivió como una oportunidad perdida. El país llegaba con un Mundial en la mochila, el de Rodri como mejor jugador del torneo y el de Lamine Yamal como estandarte generacional, y soñaba con una velada redonda que no ocurrió. La frustración es comprensible, pero conviene no confundir la decepción con la injusticia. Un premio individual no es una condecoración de campeones, sino una elección de jurados, y toda elección encierra una teoría implícita sobre lo que significa «ser el mejor». Cuando esa teoría cambia de año en año, la rabia del derrotado se parece mucho a la del viajero que descubre que el reloj de la estación va unos minutos adelantado.

Mi voto, sin embargo, habría ido a otro nombre: Kylian Mbappé. Y no por capricho ni por camiseta, sino por una razón que me parece más sólida de lo que la noche permitió ver. Mbappé firmó 42 goles en 44 partidos con el Real Madrid, fue eficaz con 25 y máximo artillero de la Champions con 15. Luego llevó esa pujanza al escenario donde el fútbol deja de ser estadística y se vuelve destino: diez goles en el Mundial, el Botín de Oro y el récord absoluto de 22 tantos en Copas del Mundo. Kane acumuló más goles; Mbappé, a mi juicio, los distribuyó en los escenarios que más pesan. Entre quien llena el granero y quien además enciende el faro de la gran final, yo hubiese elegido al segundo. Un premio que pretende coronar al mejor del mundo debería inclinarse hacia quien brilla cuando el mundo entero mira.

Y, aun así, sostengo con idéntica firmeza que el premio a Kane es legítimo y merecido. Esta es la distinción que a menudo se pierde en el ruido: discrepar de un criterio no equivale a negarle validez. Kane no ganó por una conjura ni por un descuido, ganó porque el jurado decidió que una temporada abrumadora, casi insolente, regularidad goleadora pesaba más que el fulgor del torneo de selecciones. Es una tesis defendible y coherente, y yo, simplemente, habría ponderado de otro modo los platillos de la balanza. Lo contrario sería caer en la vieja ilusión de que existe un mérito objetivo flotando sobre las cabezas de los jugadores, cuando en realidad el mérito es siempre una construcción que los votantes edifican a su manera.

Quedan, en el limbo de los casi, los otros nombres que ansiaban el trofeo. Lamine Yamal, tercero, con apenas 19 años, 25 goles y 22 asistencias, un título de Liga y un Mundial en su haber: su derrota es la del joven que llega con la partitura completa antes de que la orquesta esté lista, y su momento, sospecho, solo está aplazado. Rodri, cuarto, fue elegido mejor jugador del Mundial y representa a ese tipo de excelencia silenciosa que el aplauso masivo suele llegar tarde a reconocer. Y Leo Messi, quinto, a sus casi cuarenta años, finalista del Mundial y campeón de la MLS, fue la melancolía de la noche: verlo en la lista de los cinco mejores es, a la vez, un homenaje y un recordatorio del paso del tiempo. A todos ellos y a sus hinchadas, frustradas con razón, habría que decirles que quedar fuera del trono no los borra del reino.

La sede merece una nota aparte. Que la gala se celebrara por primera vez fuera de Francia, y precisamente en Londres, como homenaje a Stanley Matthews, el primer ganador del premio hace setenta años, tiene una elegancia histórica innegable. Pero la coincidencia de que un inglés ganara en casa alimenta las sospechas de quienes ven un guion donde solo hay un calendario. No hay prueba alguna de ello, y conviene decirlo con claridad, porque la sospecha sin evidencia es la forma más barata de la indignación. La votación estaba cerrada desde finales de septiembre, y el único borrón de la jornada fue un error de comunicación, cuando la web oficial publicó por descuido artículos con posibles ganadores antes de tiempo. Fue un tropiezo de producción, no una confesión de amaño.

Así que, para cerrar: felicitamos a Harry Kane, porque la hazaña es suya y es grande, y en lo personal, discrepo con serenidad, porque en mi balanza Mbappé pesaba un gramo más. Ambas afirmaciones no se contradicen, se complementan. La madurez de un amante del fútbol se mide en su capacidad de aplaudir lo que no habría votado, y la de un premio, en la de sobrevivir a quienes lo cuestionan. El lunes de esta semana, ganó un delantero que lleva más de una década persiguiendo la gloria con paciencia de artesano, y el fútbol, ese oficio tan dado a la injusticia, tuvo por una vez la decencia de recompensar la perseverancia.

Kane vence sin corona, Mbappé pierde con razón.

Gonzalo Gorritti Robles es periodista deportivo.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.