Imagen del autor
B

olívar se aproxima a la Copa Libertadores 2026 con un andamiaje que, más que sólido, parece parsimonioso. El club paceño, tras un centenario desprovisto de conquistas, exhibe un armado de equipo que se asemeja a un reloj de engranajes oxidados: funciona, pero con una lentitud exasperante. La memoria reciente de eliminaciones frente a Palmeiras y Atlético Mineiro aún pesa como un lastre, y la afición celeste observa con escepticismo un plantel que, aunque nutrido de nombres, carece de la contundencia que exige la arena internacional.

El contraste entre la ambición continental y la realidad doméstica es notorio. En Bolivia, la estructura del fútbol permite que un equipo con ritmo pausado y refuerzos de mediana talla pueda competir con cierta suficiencia. Sin embargo; la Copa Libertadores es un escenario donde la lentitud se convierte en fragilidad, y donde la parsimonia se traduce en vulnerabilidad. Bolívar parece preparado para resistir en el campeonato local, pero no para trascender en el concierto sudamericano.

Los refuerzos recientes ilustran más dudas que certezas. Xavier Arreaga, zaguero ecuatoriano, aporta solvencia y jerarquía, pero su presencia aislada no basta para consolidar una defensa que aún exhibe grietas. Santiago Echeverría, aunque persistente, carece de talla internacional y su lentitud es un lastre evidente. En el mediocampo, Christian Alemán no convence: su aporte es tenue, distante del nivel que alguna vez ofreció Daniel Cataño, cuya salida obedeció a razones familiares extradeportivas, o del talento de Ramiro Vaca, hoy emigrado a Marruecos. La analogía es clara: Bolívar tiene piezas, pero no engranajes; nombres, pero no sinfonía.

La frustración de la hinchada se alimenta de la memoria reciente: derrotas en casa, goleadas inesperadas como con Nacional Potosí, donde no pudo conseguir el campeonato de la temporada y un centenario sin títulos. Bolívar, que alguna vez fue sinónimo de hegemonía, hoy se asemeja a un gigante que camina con pies de barro. La paradoja es evidente: un club con infraestructura, recursos y tradición que, sin embargo, se muestra incapaz de traducir esas ventajas en resultados tangibles. El pasado inmediato se convierte en espejo incómodo del presente.

El análisis táctico revela un equipo que privilegia la posesión lenta, el tránsito pausado y la acumulación de pases horizontales. En un fútbol sudamericano que exige vértigo y verticalidad, Bolívar parece nadar contra la corriente. La antítesis entre lo que necesita y lo que ofrece es clara: donde se requiere velocidad, ofrece lentitud; donde se exige contundencia, entrega tibieza; donde se demanda sorpresa, se torna previsible. La estrategia, entendida como un plan, parece un hábito difícil de abandonar.

De cara a la Libertadores, Bolívar se enfrenta a un dilema existencial: persistir en su ritmo cansino y resignarse a ser comparsa, o reinventarse con audacia para aspirar a protagonismo. La afición, intelectual y crítica, espera más que promesas: exige hechos, victorias y un equipo que deje de ser espectador de su propia decadencia. El tiempo, inexorable, marcará si Bolívar logra transformar su parsimonia en potencia o si, una vez más, quedará atrapado en la contradicción de ser grande en nombre, pero pequeño en resultados.

A los equipos bolivianos se les ha dado por enfrentar a Bolívar con una evidente mala intención. No es un secreto: varios jugadores rivales han declarado abiertamente que la fórmula para complicar a la Academia pasa por patear, imponer agresividad innecesaria y recurrir a un juego brusco tanto en torneos amistosos, cuanto oficiales. Lo más preocupante es que estas actitudes anómalas suelen ser ignoradas por algunos árbitros, quienes permiten que la violencia se normalice dentro de la cancha.

Esa rabia visceral contra Bolívar no surge del azar. Se alimenta de la incomodidad que genera un club con seguridad económica, autosostenibilidad y un plantel estable en todos los sentidos. La solidez institucional de la Academia, en lugar de ser un ejemplo a seguir, ha despertado una envidia evidente, una animadversión inadmisible, que se traduce en un trato hostil y desmedido por parte de sus rivales.

No es este el espacio para enumerar todas las acciones que se han venido ejecutando en contra de Bolívar, pero sí corresponde señalar que esas prácticas repercuten directamente en su producción futbolística. El resultado es un equipo que, pese a su estructura, ve limitada su búsqueda de logros nacionales y su presencia internacional, afectado por un entorno que parece más interesado en frenarlo que en competir con nobleza.

Ahora, volviendo al principio y en lo estrictamente futbolístico, el técnico Rovatto enfrenta un desafío mayúsculo: insuflar intensidad a un equipo que parece condenado a la parsimonia. Bolívar necesita dinamismo, vértigo y contundencia, virtudes que hoy brillan por su ausencia. En el campeonato boliviano, la estructura actual puede bastar para competir. En la Copa Libertadores, es una quimera. La exigencia internacional demanda un equipo que corra más, piense más rápido y ejecute con precisión letal. Si no logra esa metamorfosis, Bolívar seguirá siendo un gigante que se conforma con dominar en su aldea, incapaz de trascender en el escenario continental.

Como cierre, conviene subrayar que esta columna no busca la mordacidad ni la descalificación gratuita, sino la crítica constructiva. Señalar la necesidad de intensidad, eficacia y velocidad no debería provocar enojo, sino reflexión. La Copa Libertadores es un torneo arduo, implacable, pero en algún momento Bolívar debe dejar de ser un participante resignado y convertirse en un competidor que aspire a avanzar más allá del inevitable cruce con un gigante brasileño. La exigencia no es un reproche, es una invitación a la transformación: solo quien se atreve a cambiar su ritmo, aspirar a cambiar su destino, como decía el filósofo del fútbol, César Luis Menotti.

Gonzalo Gorritti Robles es periodista deportivo.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.