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e han llamado la atención dos artículos recientes argumentando en contra de la dolarización de nuestra economía, uno de Juan Antonio Morales y otro de Carlos Jahnsen. Como mis lectores recordarán, yo me ubico en la vereda del frente y vengo argumentando hace mucho en favor de la dolarización. Aúno esfuerzos en esa trinchera con economistas como Roberto Laserna y Mauricio Ríos que han hecho importantes contribuciones al debate.

Refiriéndose a nosotros, los defensores de la dolarización, Morales dice que “no se entiende muy bien qué comprenden por dolarización.” Partamos, entonces, por una definición. Yo entiendo a la dolarización como la decisión soberana de un país a renunciar a tener moneda propia y a adoptar, en su lugar, al dólar estadounidense. Una importante consecuencia de esta decisión es, por supuesto, la reducción significativa (aunque no completa) del ejercicio de una política monetaria independiente.

No se trata solamente, entonces, de establecer un tipo de cambio fijo o “super fijo” y cambiarle el nombre a la moneda. Esto haría que el éxito de la dolarización y la confianza de la gente en el medio de pago rebautizado siguiera dependiendo del comportamiento del Banco Central de Bolivia. Y eso es exactamente lo que la dolarización quiere evitar. El fundamento de la propuesta de dolarización no es otro que la desconfianza histórica en las acciones del BCB. La dolarización no es, por lo tanto, una política cambiaria que se pueda modificar fácilmente de acuerdo con las circunstancias o el ciclo político. Es un cambio institucional profundo con un horizonte de largo plazo.

A Morales y a Jahnsen les preocupa mucho que con la dolarización debamos renunciar a ejercer una política monetaria independiente e importemos, en su lugar, la política monetaria estadounidense. Con razón, argumentan que la política monetaria estadounidense responde a decisiones de la Reserva Federal (el banco central de Estados Unidos) diseñadas para la economía de su país y no para el nuestro. Como Bolivia y Estados Unidos están expuestos a diferentes circunstancias (o ciclos económicos), el diseño de política monetaria de la Reserva Federal puede no ser el apropiado para nuestra economía.

Aunque en un país dolarizado el banco central mantiene cierto control sobre algunos aspectos de política monetaria (como el encaje legal o las operaciones de mercado abierto – la compra y venta de bonos del tesoro), es cierto que sin poder imprimir dólares su poder se reduce significativamente y la política monetaria estadounidense adquiere una importante influencia. ¡Pero esto no debería ser visto como un problema sino como una virtud! Y no lo digo yo, o un grupo de economistas sabiondos, lo dice la calle. Sin ser perfecta, la Reserva Federal es uno de los bancos centrales que genera más confianza en el mundo y por eso el dólar se ha constituido en la moneda del comercio internacional y a la que millones de personas en el planeta recurren cuando enfrentan inflación en sus países. Si lo sabremos nosotros, los bolivianos, que vivimos dolarizados psicológicamente hace ya varias décadas.

Mucha de la confianza mundial en la Reserva Federal radica en su independencia del poder político que, otra vez, sin ser perfecta, es una de las más sólidas y duraderas del mundo. Es interesante que Morales cuestione esta independencia usando el ejemplo de la reciente “pataleta” del presidente Trump cuando la Reserva Federal negó su pedido de reducir la tasa de interés. Pero ¿no debería ser al revés?, ¿no debería ser la pataleta de un presidente ante la negativa de la Reserva Federal un ejemplo de la independencia de este banco central? La inflación estadounidense en las últimas cinco décadas solo superó el 5% en 3 años. La tasa promedio de inflación desde 1914 es de solo 3,3%. No hay muchos bancos centrales en economías relativamente grandes que superen ese récord.

Es importante no caer en la falacia del Nirvana. Si tuviéramos un banco central similarmente disciplinado, independiente del poder político e institucionalizado en el largo plazo, no habría necesidad de dolarizar. El problema es que, con pocas excepciones históricas (una de ellas durante la presidencia de Juan Antonio Morales), el BCB ha dejado mucho que desear. En general, la autoridad monetaria se ha sometido a las necesidades fiscales monetizando déficits y causando, por supuesto, estragos inflacionarios. La virtud de la dolarización es que elimina esa posibilidad de cuajo.

En mi opinión, la diferencia fundamental de criterios entre los dos lados del debate radica en el orden de prioridades. Los dolarizadores valoramos más la protección de la riqueza individual, representada en moneda, que la posibilidad de suavizar ciclos económicos a costa del valor de esa moneda. Los que rechazan la dolarización invierten ese orden. Yo valoro más que la gente mantenga constante su riqueza expresada en moneda aun si eso implica atravesar por un fuerte ajuste de gasto si enfrentamos una recesión o un shock externo negativo. Prefiero enfrentar ese ajuste sin anestesia a permitir que el banco central inyecte liquidez en la economía para contrarrestarlo. En otras palabras, prefiero enfrentar la dura realidad a protegerme en burbujas artificiales creadas por emisión monetaria que eventualmente deberemos pagar con inflación y devaluación.

Reconozco que la Reserva Federal no está libre de ese pecado y también trata de suavizar ciclos, pero históricamente ha sido mucho más conservadora que la mayoría de los bancos centrales en el mundo. Por eso es que la inflación promedio de largo plazo en Estados Unidos es muy baja y por eso es que el dólar es la moneda de refugio mundial por excelencia. No se trata de dolarizar porque la Reserva Federal es perfecta, se trata de hacerlo porque su récord histórico es mucho mejor al del BCB. Puesto de otra manera, la institucionalidad de Estados Unidos no es perfecta, pero es mucho más confiable que la nuestra.

Otro de los argumentos en contra frecuentemente utilizados es el de apuntar a los países que han dolarizado como Ecuador, El Salvador y Panamá, y argumentar que la dolarización no los ha salvado de tener problemas económicos e incluso, en el caso de los dos primeros, de recurrir al FMI para ser rescatados. Y es que, claro, la dolarización no es una panacea, es simplemente un ancla institucional diseñada para mantener el valor de la riqueza individual expresada en moneda, nada más. No es una bala de plata que mantenga altos los precios de las materias primas que exportamos, o haga que los gobiernos no gasten más de lo debido, o que no cobren impuestos excesivos e impongan trabas burocráticas, etc. Una moneda confiable ayuda muchísimo a generar incentivos productivos, pero no garantiza que un país se desarrolle por arte de magia. La producción de riqueza es un proceso complejo y requiere del alineamiento de muchos factores. El mantenimiento de valor de la moneda es solo uno de ellos.

Morales también se preocupa porque bajo una dolarización los bancos privados crearían “bolidólares” a través de sus operaciones de crédito y estos no serían sustitutos perfectos de los dólares americanos. Esta es una discusión interesante, aunque un poco más técnica. En todo sistema monetario de reserva fraccionaria los bancos crean dinero con sus operaciones de crédito. En Estado Unidos, por ejemplo, los bancos crean un poco más de $4 por cada dólar creado por la Reserva Federal (lo que los economistas llaman la base monetaria). Como el propio Morales concede, sin embargo, con una dolarización genuina y responsable (manejando estrictamente los instrumentos de política monetaria que el BCB aún controlaría), los bolidólares deberían ser tan dólares como los que imprime la Reserva Federal y entonces dependeríamos de la política monetaria estadounidense que ya discutimos.

Este es un punto importante, porque implica que, al dolarizar, no se necesita reemplazar cada boliviano circulando por un dólar físico. Como los economistas Cachanosky y Ocampo argumentan, los bancos no solo tienen pasivos (depósitos) a convertir, sino también activos (prestamos) con lo cual el requerimiento de dólares no es tan alto como se pudiera pensar. Además, al dolarizar y devolverle la confianza a la gente en la moneda, muchos dólares “ocultos” en el sistema saldrían a la luz y mucha gente que los sacó del país los volvería a traer. Así, la clave no es tener una gran reserva de dólares para dolarizar, la clave es la confianza que la gente pueda llegar a desarrollar en el sistema. Nosotros mismos lo comprobamos durante y después de la hiperinflación de principios de los 80 cuando la economía se dolarizó de facto, aunque las reservas internacionales en dólares eran muy chicas e incluso negativas en términos netos.

En suma, la dolarización es un cambio institucional diseñado para proteger a rajatabla la riqueza, la producción y el esfuerzo de la gente expresado en moneda. No resuelve automáticamente todos los demás problemas, ni nos aísla de shocks externos, pero genera incentivos productivos y confianza. Los gobiernos pueden seguir siendo irresponsables, gastar de más y llevar a sus países a crisis de deuda, pero lo que ya no pueden hacer es financiar esa deuda con inflación. Y esa es una restricción muy valiosa.

Antonio Saravia es economista y analista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.