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xiste un punto en toda crisis política, a mi parecer, en el que el problema deja de ser el escándalo y pasa a ser la explicación, en ese punto de inflexión nos encontramos con el caso Fernando Cerimedo y Nadia Beller, donde Bolivia asiste con creciente hastío a la sucesión de denuncias que incluyen desde un atentado, hasta espionaje, granjas de bots, operaciones judiciales, infidelidades y presuntas redes de corrupción. En medio de ese torbellino, y a nueve días del hecho, tenemos la reacción del presidente Rodrigo Paz Pereira, tardía, reducida y poco convincente.

Desde la migración de la denominación de “el profesor”, a “el señor Cerimedo”, se buscó negar una relación laboral y la redujeron a una colaboración voluntaria y marginal, en un libreto que vocero y ministros intentaron reforzar; sin embargo, el problema radica ahí, en esa distancia discursiva, más aún cuando existe una mujer atenta a “desenmascarar” cada centímetro supuestamente ganado por el Ejecutivo. Y procesos que empiezan a tomar forma.

Al respecto, los registros oficiales y las imágenes difundidas desde eventos vinculados a la agenda internacional muestran al consultor argentino junto al presidente en espacios de alto nivel en Estados Unidos, entonces ¿qué hacía un supuesto cooperante ad honorem, sin contrato ni cargo formal, acompañando al jefe de Estado en escenarios reservados a la representación política boliviana? Ahí visualizamos que la política tiene una regla elemental: cuando la narrativa oficial contradice lo que la ciudadanía puede ver, la negación deja de proteger al poder y comienza a desgastarlo. Ese es el error estratégico del Gobierno, donde subestimar la inteligencia colectiva suele ser mucho más costoso que reconocer una verdad incómoda.

Este cúmulo de lodo empuja a juristas a plantear recursos de acción de cumplimiento para forzar a la Asamblea Legislativa a iniciar un juicio de responsabilidades contra el presidente por "traición a la patria", bajo el argumento de que "nos estuvo gobernando un extranjero". El caso Cerimedo es, en definitiva, el talón de Aquiles de este proyecto político, que nacía como un cambio de ciclo, para un país que aún no termina de salir de la etapa hegemónica más dura en el siglo.

El caso Cerimedo, entonces, puede convertirse en el primer gran fracaso estratégico del gobierno de Rodrigo Paz. No necesariamente porque termine mañana en una crisis terminal, sino porque rompió algo mucho más difícil de reconstruir: la credibilidad del relato fundacional.

El marketing político digital puede contener una tendencia, instalar una etiqueta o manipular una conversación durante algunas horas. Las granjas de bots pueden intentar ahogar preguntas incómodas. Pero no pueden eliminar los hechos. La posverdad sirve para conquistar pantallas; no alcanza para gobernar un país cuando la realidad empieza a imponerse. Y en Bolivia, parecería que reinicia otra vez, un viaje sin retorno con un poder informal, instituciones utilizadas como instrumentos, lealtades compradas y un gobierno que prometió terminar con el pasado mientras, paradójicamente, empieza a reproducir sus peores mecanismos.

Miroslava Fernández Guevara es periodista y politóloga.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.