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egún Zygmunt Bauman, la globalización ha provocado que el poder político quede separado de la política, lo que provoca que un gobierno pierda la capacidad de resolver problemas públicos importantes, esta pérdida sucede porque ya no cuenta con los instrumentos ni los recursos que se requieren para ese fin, puesto que esos instrumentos y recursos ya no dependen de una gestión propia, sino de poderes globales que operan en su territorio. Esta carencia de capacidad de resolver problemas públicos se traduce en una suerte de desgobierno, entendiendo desgobierno, como la pérdida de capacidad de las instituciones para ordenar la sociedad.

En Bolivia se necesitó de un estado de excepción para calmar las aguas por los problemas suscitados entre mayo y junio; sin embargo, el estado de excepción termina el 18 de septiembre y del 20 de junio, cuando se promulgó el Decreto 5636, a la fecha no hubo avances significativos en solucionar los principales problemas que suscitaron los conflictos; las largas filas por combustibles siguen alargándose y la ausencia de dólares continua.

Lo que sí avanzó significativamente fueron los escándalos en torno al presidente y la cúpula de poder, ministros renuncian o son apartados del Gobierno, niegan la cercanía de un acusado de feminicidio, salen a la palestra personas con distintas denuncias de corrupción, aparecen maletas llenas de oro queriendo salir del país, no tenemos embajadores en aliados clave, como en Estados Unidos, y en el oriente los asesinatos por sicarios son cosa de todos los días.

Son varios ya los analistas que señalan que los conflictos en Bolivia no pueden analizarse únicamente al interior de nuestro país, sino que responden a agendas internacionales, otros más discuten sobre si el presidente logrará culminar su mandato y otros insisten en la importancia de la comunicación política o que el gobierno haga algo, cualquier acción, pero que haga algo que diga algo.

Sin embargo, el Gobierno calla, simplemente calla, o en su defecto el vocero presidencial sale en entrevistas y su discurso se sustenta en que no conoce o no conocía lo que estaba pasando, el mismo presidente da un mensaje a la nación carente de sentido y con muchos vacíos, tal parece que los mecanismos y las herramientas para gobernar se están terminando, terminando como las reservas del gas, dicho sea de paso.

En este contexto lamentablemente estamos frente a un desgobierno, ante un peligroso vacío de la institucionalidad política, quienes gobiernan ahora parecen no ver los fantasmas de 2003, ignoran las alarmas que tienen eco desde hace más de veinte años, hacen oídos sordos a las voces de los estudiantes del Ayacucho de aquel entonces. El Gobierno debe comprender que como citaba Einstein que si buscas resultados diferentes no hagas siempre lo mismo.

Juan Pablo Rodríguez es sociólogo.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.