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ada 6 de agosto los bolivianos recordamos el nacimiento de la República con actos cívicos, discursos y expresiones de orgullo nacional. Sin embargo, más allá de la celebración, esta fecha también debería invitarnos a una profunda reflexión sobre el país que somos y, sobre todo, sobre el país que todavía podemos llegar a ser.

Bolivia posee una condición verdaderamente excepcional. Son muy pocas las naciones que reúnen en un mismo territorio una diversidad geográfica, ecológica, cultural y humana tan extraordinaria. Desde la majestuosidad de la cordillera de los Andes hasta la inmensidad de la Amazonía; desde el altiplano, cargado de historia y misterio, hasta los fértiles valles y las extensas llanuras orientales, nuestro territorio constituye una síntesis privilegiada de paisajes, climas y ecosistemas.

Esta riqueza natural se complementa con una enorme diversidad biológica que sitúa a Bolivia entre los países megadiversos del planeta. A ello se suma una riqueza cultural única, expresada en decenas de pueblos indígenas, tradiciones, lenguas, costumbres y manifestaciones artísticas que forman parte de una identidad nacional profundamente diversa. Nuestra gastronomía, reconocida cada vez con mayor admiración dentro y fuera del país, es otra muestra de esa extraordinaria pluralidad.

Paradójicamente, mientras la naturaleza nos ha otorgado casi todo, nosotros no hemos sabido convertir esa inmensa riqueza en bienestar colectivo. Alguien decía con cierta ironía que "Bolivia lo tiene todo; su verdadero problema somos los propios bolivianos". Más allá de la dureza de esa afirmación, encierra una verdad que merece ser analizada con serenidad. Durante décadas hemos permitido que las divisiones políticas, los intereses sectoriales, la confrontación permanente y la corrupción debiliten nuestras instituciones e impidan construir un verdadero proyecto nacional.

La historia de nuestros 201 años republicanos muestra avances importantes, pero también una sucesión de marchas y contramarchas que han dificultado la consolidación de políticas de Estado capaces de aprovechar plenamente nuestras ventajas comparativas. Con frecuencia hemos discutido cómo repartir la riqueza existente, en lugar de concentrarnos en crear más riqueza mediante educación de calidad, innovación, institucionalidad sólida, seguridad jurídica y producción sostenible.

La mayor fortaleza de Bolivia no debe entenderse únicamente como la suma de sus recursos naturales. Su verdadera fortaleza radica en la posibilidad de convertir su diversidad en una ventaja estratégica. Los países que progresan no son necesariamente los que poseen más recursos, sino aquellos que logran unir a su sociedad alrededor de objetivos comunes y construir instituciones que trascienden los gobiernos de turno.

Hoy, cuando celebramos un nuevo aniversario patrio, el mejor homenaje que podemos rendir a Bolivia no consiste únicamente en exaltar sus maravillas naturales. El verdadero homenaje será asumir, como ciudadanos, el compromiso de superar nuestras diferencias, fortalecer la democracia, combatir la corrupción, defender la institucionalidad y construir una visión compartida de futuro. Bolivia ya recibió de la naturaleza un patrimonio extraordinario. La responsabilidad de transformarlo en desarrollo, prosperidad y oportunidades para las presentes y futuras generaciones depende exclusivamente de nosotros. Esa es la tarea histórica que no podemos seguir postergando.

Fernando Crespo Lijeron es administrador de Empresas.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.