
sa es la distancia en el tiempo que este año, como cada 1 de enero, el Boletín de Científicos Atómicos, que ajusta anualmente las agujas del simbólico Doomsday Clock, el Reloj del Apocalipsis, ha establecido respecto al fin del mundo, sin tener en cuenta el nuevo conflicto desatado en Oriente Medio a inicios del pasado mes.
Los responsables de la edición del Bulletin of the Atomic Scientists, una revista cuyo primer número apareció poco después del final de la Segunda Guerra Mundial, el 10 de diciembre de 1945, fundada por un grupo de físicos atómicos, entre los que se encontraban Albert Einstein, Robert Oppenheimer, entre otros destacados científicos, preocupados por las inquietantes consecuencias de la reacción nuclear en cadena autosostenida que se había conseguido ya en 1942, con el reactor atómico diseñado y construido por Enrico Fermi, en la Universidad de Chicago, y cuyos espantosos y abominables efectos en poblaciones humanas indefensas se experimentó con el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, en 1945, consideraron oportuno establecer un imaginario reloj cuyas agujas se van acercando o alejando del Apocalipsis, de acuerdo a las circunstancias existenciales planetarias, sobre todo, pero no exclusivamente, en relación al incremento del armamento atómico distribuido entre potencias enemigas. Porque también entran en consideración elementos como el calentamiento global, las nuevas tecnologías, la IA, la ingeniería genética.
En 1947, cuando el Doomsday Clock se puso en hora, las manecillas del simbólico reloj estaban a siete minutos de la medianoche; desde entonces se han adelantado 27 veces. En 1952, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética realizaron las primeras pruebas con bombas termonucleares, las agujas del reloj se pusieron a 2 minutos de la medianoche. En 1991, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética firmaron el primer Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, las agujas del reloj se retrasaron a 17 minutos del final. Después de la invasión rusa a Ucrania, con la amenaza de Putin de recurrir al armamento nuclear, el abandono por parte de Rusia del último tratado de control nuclear, las pruebas nucleares de Corea del Norte, el incremento significativo de las emisiones de dióxido de carbono, las agujas del reloj del apocalipsis se encontraban a 85 segundos de la medianoche.
La reducción de las dimensiones temporales a escalas más comprensibles es una práctica de mucha utilidad. El eminente geólogo Don Eicher, autor de “El tiempo geológico” contribuyó a hacer más inteligible los 4.500 millones de años de la Tierra reduciéndolos a solo uno. De esta manera, el imperio romano se sitúa a 14 segundos de nuestros días, la llegada de Cristóbal Colón a América a solo tres.
Desde su caótico y azaroso surgimiento, nuestro planeta ha estado expuesto a innumerables circunstancias que han amenazado seriamente su existencia, particularmente durante los primeros milenios, cuando estaba más expuesto al bombardeo de asteroides, de rocas sueltas. Aunque también es muy probable que la formación de la vida en la Tierra se deba precisamente a esa lluvia de meteoritos, de asteroides y de cometas.
El 16 de marzo de 2026, la revista Nature Astronomy publicó el hallazgo por parte de científicos japoneses en muestras recolectadas por la sonda Hayabusa en el asteroide Ryugu, de las cinco bases nitrogenadas (Adenina, Guanina, Citosina, Mitina y Uracilo) que son los elementos constituyentes del ADN y del ARN. Estos componentes se formarían en el espacio de manera natural, y la gran cantidad de asteroides que cayeron durante los milenios iniciales habría servido para” sembrar” la Tierra con los ingredientes químicos necesarios para el origen de la vida.
Los geólogos estiman, sobre la información proporcionada por el registro fósil, que nuestro planeta ha vivido cinco “extinciones masivas”; la última de ellas habría tenido lugar al final del período cretácico, hace 66 millones de años, cuando un asteroide de 10 Km. de diámetro, impactó contra la Tierra a una velocidad de 70.000 Km /h, en la actual península de Yucatán, en México, creando un cráter de más de 100 km, y liberando una energía equivalente a varios millones de veces la de la bomba de Hiroshima. Se produjo la desaparición del 75% de las especies del planeta, incluidos los dinosaurios. Provocó un “invierno global”, que tuvo que durar largos años, incluso décadas.
Para estar a salvo de nuevos posibles impactos de asteroides de grandes dimensiones, ingenieros, matemáticos, geólogos y científicos de otras áreas, están investigando las maneras óptimas de defender al planeta en situaciones de amenaza por parte de objetos rocosos erráticos cuyo desplazamiento podría coincidir con la órbita de la Tierra.
Así, el 22 de septiembre de 2022, la NASA logró impactar en el sistema binario de asteroides compuestos por Dydimos (780 mts.) y su pequeña luna Dimorphos (160 mts.), un proyectil llamado DART, (en castellano Dardo) el acrónimo de Double Asteroid Redirection Test. En el caso mencionado de uso de tecnología de defensa planetaria, DART no tenía como objetivo la destrucción de Dimorphos, sino impactar contra él para desviar su trayectoria, usando su movimiento cinético.
La misión fue considerada un éxito. Logró reducir el periodo orbital de Dimorphos alrededor de Didymos en casi 33 minutos. Su objetivo mínimo era sólo de 73 segundos.
Quizás disponiendo del tiempo suficiente en el futuro la humanidad podrá desviar asteroides que representen una amenaza.
Pero las catástrofes no sólo se originan fuera de la Tierra. El magma inestable del interior de la corteza terrestre también ha causado devastaciones terribles.
El año 79 tuvo lugar la mayor tragedia natural de la antigüedad. El Vesubio, el volcán que había estado dormido durante siglos, hizo erupción y en Pompeya y Herculano, ciudades de la bahía de Napoles, en el sur de Italia, causó una destrucción completa, anegando las vidas de más de 20,000 personas. Plinio el joven, que fue testigo de esa tragedia, lo contó de manera excelente en dos cartas que envió al historiador Tácito. “Huian de sus casas y quedaban atrapados en la segunda fase de la erupción, después de la caída de los lapilli (pequeños fragmentos piroplásticos), en una nube ardiente de ceniza volcánica, que se solidificó alrededor de sus cuerpos”.
El año 1755, la mañana del 1 de noviembre, cuando las iglesias de Lisboa, en Portugal, se hallaban llenas de fieles en honor de Todos los Santos, la ciudad fue sacudida por uno de los más grandes terremotos de los que se tiene noticia. Las sacudidas de más de 40 minutos de duración levantaron las aguas del rio Tajo de su lecho, a lo que siguió un pavoroso incendio. Murieron más de 30.000 personas y 9.000 edificios quedaron destruidos. Esa inmensa catástrofe conmocionó vivamente a toda la Europa civilizada de la época, que hasta entonces no había experimentado la furia de la naturaleza en esa medida.
La sensación de extrema vulnerabilidad, de completa indefensión ante las manifestaciones más violentas del mundo natural, sacudió las conciencias de los europeos que vivían aferrados a la creencia en un orden armonioso del mundo. Voltaire, muy afectado, se planteó el problema de si Dios era omnipotente y bondadoso, ¿por qué permitía ese sufrimiento atroz? Siglos más tarde, palabras semejantes las expresó el Cardenal Ratzinger (el Papa Benedicto XVI), después de visitar el campo de concentración de Auschwitz- Birkenau: ¿Dónde estaba Dios en esos días?, ¿Por qué permaneció callado?
Otras catástrofes memorables debidas a la manifestación de las fuerzas telúricas indomables e imprevistas de la naturaleza, son la erupción del Krakatoa el año 1883, situado entre Java y Sumatra, considerada una de las más devastadoras, liberó una energía de entre 200 y 300 megatones de TNT, su poder destructivo fue casi 20.000 veces más poderoso que la bomba atómica de Hiroshima. Emitió el sonido más fuerte jamás registrado. La onda expansiva dio la vuelta al mundo 4 veces.
Y, por supuesto, la más reciente, el Tsunami del 26 de diciembre de 2004, en el océano Índico, en la costa oeste de la isla indonesia de Sumatra, con olas que alcanzaron los 50 metros de altura, que causó la muerte de más de 200.000 personas.
Los científicos del WOCE (World Ocean Circulation Experiment), un gran experimento internacional que reúne informaciones sin precedentes del océano global, han aprendido que el océano cambia significativamente a escala global y regional, apartándose de la idea tradicional de un océano casi inmutable, lento y pasivo. El calentamiento global no se queda en la atmósfera, el océano está acumulando una gran cantidad de energía, y esa reserva térmica tiene consecuencias directas, en la subida del nivel del mar, en el deshielo polar y en la aparición de fenómenos extremadamente intensos. Por lo que la investigación oceanográfica actual, lejos de ser un asunto remoto, como lo era en el pasado siglo, cuando los viajes con objetivos científicos recorrían durante semanas espacios delimitados, tomando datos parciales, se está convirtiendo en una herramienta concreta para anticiparse a riesgos reales.
Pero los esfuerzos científicos y técnicos orientados a hacer frente a todas las amenazas medioambientales y a las que proceden del espacio exterior, tan valiosos y tan encomiables como son, quizá no avancen tan rápido como las amenazas a la supervivencia planetaria que se derivan de la concentración alarmante de armamento nuclear en pocas manos, en las manos de dictadores, como es el caso de la Rusia de Putin, o Corea del norte, o de veladas dictaduras, como es el caso de China, o en las de Donald Trump que gobierna hoy el país más poderoso del mundo: “Esta noche morirá toda una civilización, para no volver jamás. No quiero que eso suceda, pero probablemente ocurrirá.”
Si los editores del Boletín de Científicos Atómicos pudieran señalar el avance de las manecillas del imaginario Reloj de la medianoche, teniendo en cuenta la gravedad de la situación del mundo desde hace un mes, seguramente que habrían puesto esas manecillas mucho, mucho más cerca del final.
José Luis Toro Terán es periodista y abogado.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
