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maneció en La Paz con un sol frío que enciende los cerros como brasas. En el mercado Rodríguez, el murmullo de los precios se mezcla con el olor a choclo tierno y a hierbas andinas. Entre puestos, las cifras caminan de incógnito: más de la mitad de los adultos en Bolivia vive hoy con exceso de peso, mientras en las zonas rurales aún persisten señales de desnutrición infantil. A varios cientos de kilómetros, en la llanura cruceña, los mapas satelitales dibujan claros recientes en el bosque; la maquinaria avanza, el fuego deja su firma y el país vuelve a figurar entre los que más cobertura forestal pierden cada año. Y aunque nuevos parques solares y eólicos ya motean el horizonte, la luz que enciende las casas sigue dependiendo, sobre todo, del gas. Las estadísticas no son un telón de fondo: son los hilos visibles de una historia que junta dos urgencias, comer mejor y producir sin agotar la casa común (OMS/GHO 2022; JME 2023; Global Forest Watch 2023–2024; IEA/MHE, últimos datos disponibles).

En esa historia, sostenibilidad no es un eslogan sino una práctica cotidiana. Para una productora de los valles, significa que el agua que baja de la quebrada alcance para el riego de hoy y para la siembra de mañana; que el suelo no se canse de repetir el mismo cultivo; que la energía se use con medida, que el bosque siga en pie no por romanticismo, sino porque sostiene lluvias, polinizadores y suelo fértil. Es, en suma, producir y consumir sin hipotecar el futuro, con una mirada que integra ambiente, comunidad y economía. Comida saludable, dice una nutricionista en un consultorio de El Alto, es más simple y más exigente: volver a lo fresco y mínimamente procesado, a los granos andinos, legumbres, frutas y verduras de temporada; preferir lácteos y proteínas magras; reducir azúcares añadidos, sodio y grasas trans. No es una moda: es una estrategia contra la anemia, la hipertensión y la diabetes, que en las ciudades crecen al ritmo de los ultraprocesados y las bebidas azucaradas (OMS/GHO 2022).

Las cifras ayudan a enfocar. En adultos bolivianos, la prevalencia combinada de sobrepeso y obesidad se ubica en el rango alto para la región, superando el 55% en las últimas mediciones comparables; entre niños menores de cinco años, la talla baja —un indicador de desnutrición crónica— ronda una de cada seis a siete infancias, con brechas marcadas entre campo y ciudad (OMS/GHO 2022; JME 2023). En el frente ambiental, los reportes de Global Forest Watch ubican a Bolivia entre los países con mayor pérdida anual de bosque primario en Sudamérica en 2022–2023, asociada a incendios y expansión agropecuaria. Y en la matriz eléctrica, el gas natural continúa aportando la mayor parte de la generación, mientras que las renovables no hidráulicas —solar y eólica—, aunque crecientes desde 2019, aún representan una fracción menor del total (IEA; Ministerio de Hidrocarburos y Energías).

A primera vista, sostener ecosistemas y sostener cuerpos sanos parecen asuntos distintos. Pero en la práctica comparten principios que se sienten en el bolsillo, en el clima y en la mesa. Cuando el cultivo respeta el suelo —rotaciones, cobertura vegetal, riego eficiente—, hay menos pérdidas poscosecha y el alimento llega más fresco; cuando la cadena usa frío eficiente y energía limpia, baja la merma y se estabiliza el precio; cuando la compra es local, la huella de transporte se encoge y el sabor se agranda. Y cuando la dieta se limpia de excesos de azúcar, sal y grasas, la presión sobre el sistema de salud disminuye, quedando más recursos para invertir en riego tecnificado, logística y restauración de paisajes. Sostenibilidad y comida saludable, juntas, son una ecuación de eficiencia y resiliencia: menos desperdicio, menos emisiones, más acceso y mejor nutrición.

Los ejemplos ya recorren el país como una red fina. En el altiplano, una cooperativa rotó la quinua con tarwi para devolver nitrógeno al suelo, instaló goteo para capear las heladas tardías y firmó con el municipio la provisión de granos integrales a comedores escolares. La tierra descansa, el agua rinde, y los menús incluyen proteínas vegetales que mejoran la calidad nutricional de la ración infantil (alineado con guías FAO/OPS). En los valles, una pequeña planta láctea trocó parte de su factura eléctrica por paneles solares y reorganizó la cadena de frío: el yogur llega con menos merma y más control de temperatura a los barrios periféricos, reduciendo desperdicio y riesgo sanitario. En Santa Cruz, huertas periurbanas, apoyadas por apps de reparto de “kilómetro cero”, cosechan de tarde y entregan por la mañana: el lechuguín cruje distinto cuando apenas ha viajado, y el carbono de ese trayecto también pesa menos.

Más al norte, en la Amazonía, comunidades que manejan de forma responsable el bosque han construido cadenas de valor para la castaña y el cacao nativo: trazabilidad, acuerdos de no quema, secado solar, rutas que conectan centros de acopio con pequeñas chocolaterías locales. Allí, el árbol en pie es parte del ingreso y, a la vez, de la dieta: el cacao sin mezclas excesivas de azúcar y la castaña como proteína vegetal completan menús que antes dependían más del arroz y la harina. Incluso en comedores laborales urbanos se nota el viraje: etiquetados más claros, menús con legumbres y verduras de temporada, menos bebidas azucaradas en combos. Lo que parece una suma de decisiones individuales —un plato más verde, un refresco menos dulce— es, en realidad, política pública distribuida cuando municipios priorizan compras a productores sostenibles y escuelas integran huertos y meriendas nutritivas.

El hilo que cose estas escenas es práctico: producir con inteligencia para comer con conciencia. Donde hay riego eficiente, secado solar y logística fría, hay menos pérdidas y alimentos más seguros; donde hay rotación de cultivos y manejo forestal comunitario, la oferta de alimentos diversos gana estabilidad a lo largo del año; donde hay educación alimentaria, cambian las compras del hogar y, por ende, cambia la demanda que empuja al sistema productivo. La aritmética es simple: menos desperdicio y mejor salud pública equivalen a recursos liberados que pueden volver a la tierra —en forma de crédito verde, asistencia técnica, caminos y mercados—. Así, la sostenibilidad deja de ser un costo y la comida saludable deja de ser un lujo.

Las estadísticas, que al principio parecían un murmullo, se convierten en brújula. Reducir la prevalencia de sobrepeso y obesidad en adultos incluso unos pocos puntos porcentuales tienen impactos medibles en hipertensión y diabetes; mejorar la talla infantil con dietas diversas y seguras modifica trayectorias educativas y productivas. Contener la pérdida de bosque primario corta emisiones, protege lluvias y suelos y, de paso, preserva alimentos silvestres y polinizadores clave para frutas y hortalizas. Y acelerar la cuota de renovables en la cadena agroalimentaria —del bombeo al enfriamiento— baja costos operativos a la par que la huella de carbono. Dicho con palabras de mercado: mejor nutrición y gestión ambiental son, juntas, una estrategia competitiva.

Al final de la mañana, cuando el sol ya calienta la piedra, una compradora guarda en su bolsa acelgas, tarwi y un queso fresco. No leyó todos los informes, pero su elección —producida con menos agua, llevada en frío eficiente, con etiqueta clara— escribe una parte de la solución. Si Bolivia decide empujar en esa dirección con políticas coherentes —compras públicas saludables y sostenibles, crédito a prácticas regenerativas, educación alimentaria y etiquetado frontal, infraestructura de frío con energías limpias—, la narración cambiará de tono. Las cifras seguirán ahí, pero sonarán distinto: menos advertencia, más promesa.

Gerardo Mendieta es Administrador de Empresas, Magister en Finanzas y en Gestión, y Doctor en Sostenibilidad.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.