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ace añadas me encontré en México con esta frase, atribuida ―entre serio y en broma― a Luis Echeverría Álvarez, un presidente mexicano de inicios de los 70 famoso por su proverbial tenebrosidad, su ausente empatía y su triste actuación en la Masacre de Tlatelolco en 1968 cuando ―entonces Secretario de Gobernación, cual Ministro de Gobierno boliviano― instruyó al Ejército Mexicano y miembros del grupo paramilitar Batallón Olimpia actuar contra los cerca de 10 mil estudiantes que estaban protestando en la llamada Plaza de las Tres Culturas pidiendo más libertades democráticas, el fin de la represión y la liberación de presos políticos. (La masacre terminó con un saldo ―aún inconcluso― de entre 300 y 400 víctimas mortales y miles de detenidos. Años después, Echeverría Álvarez fue acusado de terrorismo de Estado y fue el primer expresidente mexicano en recibir dos órdenes de aprehensión imputado por genocidio y cumplir condena en cárcel. Pero no hablaré del represor).

Siempre me pareció que esta frase era el mejor ejemplo de un sibilino, «alguien que habla o actúa de forma muy misteriosa y ambigua, ocultando lo que realmente piensa o sus verdaderas intenciones» (DRAE). Echeverría Álvarez fue un ejemplo de ello: Aparte de Tlatelolco, se le acusó de otras masacres y represiones, éstas ya durante su gobierno, amén de amedrentamiento permanente a los medios de comunicación no afectos; en modo populista, actuó desenfrenado para ganar a la población hundiendo la economía (era dirigente del PRI, el partido “heredero de la Revolución Mexicana” que Mario Vargas Llosa llamó “la dictadura perfecta”, organización que durante años perteneció a la Internacional Socialista); se le ha sindicado de ser informante de la CIA (código Litempo-8) a la vez que recibía influencia cercana de la KGB. (Como curiosidad, prohibió en esos años la música rock en México).

¡Toda una pieza!

Realmente la anécdota de la frase (de la que no puedo dar fe aunque la oí muchas veces repetida) hubiera quedado en el cajón mental de recuerdos intrascendentes si no hubiera visto un vídeo con el actual presidente Rodrigo Paz Pereira cuando decía seriamente: «Yo no soy de derecha, ni de izquierda, soy un boliviano que quiere un estado eficiente», días después que afirmara que «había una campaña de desprestigio haciendo ver su gobierno como de derecha», “agresión” que identificó desde México y desde Argentina (¿acaso quiso decir “como Cerimedo”?), en un ¿desliz? que olvidó su foto de firmante de la Cumbre del Escudo de Las Américas y su sonrisa con el Presidente Trump. En otra más amplia observación, resaltó que: "Ni la izquierda ni la derecha han dado de comer a Bolivia. La patria nunca nos abandona. ¡Viva la patria carajo!" (nuevamente olvidando “quizás” que el gobierno de su padre, Jaime Paz Zamora, siempre se identificó con la izquierda socialdemócrata y como miembro de la Internacional Socialista) y remató con un pensamiento que no sólo colgó a su padre si no a los mártires de Harrington: la izquierda como la derecha históricamente "roban lo mismo". Nada es más peligrosa que la lengua incontinente cuando se sale al paso para quedar bien con angas y mangas.

Presidente Paz: "¿Ni frío ni caliente?». ¿Tibio? ¡No! ¡Soso!

“NO VOTEMOS POR LA DERECHA NI POR LA IZQUIERDA, ¡VOTEMOS POR LO CONTRARIO!” (no lo dijo el Presidente)

José Rafael Vilar es consultor político.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la línea editorial de Datápolis.bo.