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ara la mayoría de nosotros es posible que no comprendamos lo que significaba vivir dentro de un circo. Cuando era niña, llegaban las carpas y, a medida que se armaban, generaban expectativa en los adultos e ilusión en los pequeños. Se escuchaba por ahí: “Dice que tienen patinaje en hielo, un motociclista aéreo y una mujer bala”. En otros tiempos que no fueron los míos, las promociones incluían los llamados fenómenos humanos: “vengan a ver a la mujer con barba” —en ese entonces tal vez la ciencia no colaboraba lo suficiente como para combatir a las hormonas masculinas en ese cuerpo—; “conozcan al hombre más gordo del mundo” —en esa época, ver alguien con obesidad mórbida era motivo de asombro, hoy no—; “no se pierdan al esqueleto viviente” —persona con malformidades óseas que eran expuestas al público que pagaba por verlas—; “aunque no lo crean, dos cabezas en un solo cuerpo… se agotan las entradas” —refiriéndose a siameses—… en fin.

Todas estas promociones estaban incluidas en los espectáculos públicos. Desde ya, acabo de conocer el lugar que me inspiró para escribir esto hoy: “The Ringling”, en Sarasota.

Admito que no sólo me compadeció la exposición de esas personas, pues para terminar de ser sincera incluso las familias albinas eran consideradas dentro del show; sino también la cantidad de animales que se trasladaban de una ciudad a otra en 24 horas. Estamos hablando de centenas de animales —casi miles— entre caballos, camellos, leones, tigres y hasta focas que eran movidas en carrozas con agua… algo horroroso, sin duda, pero hace menos de 100 años común.

Leí por ahí algo que me hizo ver la magnitud de la empresa. En un día típico para la alimentación del personal consumían: dos barriles de azúcar, 30 galones de leche, 36 bolsas de sal de mesa, 50 turriles de papas, 110 dc de naranjas, 200 lb de té/café, 226 dc de huevos, 285 lb de mantequilla, 350 lb de ensalada, 1.300 lb de verduras frescas, 2.220 panes, 2.470 lb de carne fresca y 3.600 choclos.

Pues bien, con toda esa descripción, tenemos una ligera idea de lo que esa industria significaba. Sin duda alguna, provocó mucho asombro en mi persona y posiblemente en alguno de ustedes también.

Sin embargo, luego de haber tomado muchas fotos y seleccionar pocas para ponerlas en Facebook, me quedé pensando en lo parecida que es la vida circense a la vida real de cualquiera de nosotros. Desde ya, el texto que escribí para acompañar a esa publicación decía: “Parece ser que nuestra vida es un circo, algunas veces fieras, otras payasos o tal vez simples espectadores”.

Y es que así nos comportamos en la cotidianeidad, en momentos reaccionamos como fieras por defender lo nuestro o a los nuestros y otras veces se lo hace por inmadurez, inseguridades, complejos o frustraciones.

En momentos, algunos deciden ser los bufones de la familia o sociedad a la que pertenecen, porque se comprende que detrás de las bromas sanas en algunos casos y de las burlas generalmente hirientes para otros, arrancan risas a los que están alrededor opacando el dolor propio o ajeno, de una u otra todos sabemos que la sonrisa del payaso jamás es sincera.

Y por último, podemos optar por ser simples espectadores que sin pagar ninguna entrada observamos lo que sucede en las vidas de otros sin intervenir, sin opinar, sin participar activamente del show, pero siendo parte implícita de él y seguramente en algunos casos nosotros somos los “fenómenos humanos” expuestos… (qué parecida la vida circense a la vida real).

Jean Carla Saba es conferenciante, escritora, coach ejecutiva y de vida.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.