Imagen del autor
N

o hace falta un golpe de Estado para que una democracia se desmorone. A veces, solo basta con que una idea se repita, se instale y se vuelva sentido común. “Todos los políticos son iguales”, “la política no sirve para nada”, “el sistema está podrido”. Frases que parecen simples quejas cotidianas, se transforman en un fenómeno mucho más profundo y peligroso: cinismo político. El cinismo político se basa en una convicción de que la política no solo no funciona, sino que está diseñada para no funcionar. Que los políticos no actúan por vocación pública, sino por interés personal. Que no hay posibilidad de cambio ni mejora, porque el sistema en sí mismo es corrupto e inmoral. A diferencia del escepticismo, que implica dudas saludables y voluntad de exigir rendición de cuentas, o de la desconfianza, que evalúa críticamente el desempeño de las autoridades, el cinismo es mucho más corrosivo. No deja lugar a la esperanza, no quiere mejorar la democracia.

Las consecuencias cuando ya nadie cree en nada tiene efectos concretos, quita la confianza en las instituciones democráticas, peor si desde “arriba” se cree que nada de lo que la sociedad haga, tendrá impacto. Crea terreno fértil para los discursos populistas y autoritarios. En contextos de alta desconfianza, los líderes que ofrecen soluciones fáciles, promesas mágicas, se vuelven seductores. Es fácil decir: el problema no es el ciudadano, el problema son los políticos que te mienten, así, se consolida un relato anti político porque el poder está en pocas manos. Una sociedad que no cree no significa que se desentienda y se vuelva apática, es dueña de una crítica legítima o de un escepticismo sano que busca mejorar el sistema. Una pérdida total de fe en los valores democráticos, condena al sistema en su totalidad, lo deslegitima, lo ridiculiza y al final lo desecha.

Nuestro debate político se ha reducido a una mera pugna por imposiciones y no discusión de filosofías o ideologías, porque estos conceptos implican posición política y visión de mundo: valores, principios de actuación y creencias en torno a una forma de ser que es deseable para la sociedad. En nuestro caso, lo que estamos presenciando es un vaciamiento de todo ello. Estamos ante el discurso de los prejuicios más banales, asociados, por un lado, al resentimiento y ánimo revanchista; y por el otro, más que a lo insulso, a lo frívolo y en no pocas ocasiones, a lo ridículo.

No hay forma de construir una democracia de raíces sólidas sin una pedagogía democrática ejercida diariamente desde el poder, con discursos, pero también con hechos palpables. Y por ello preocupa que, lejos de haber avanzado hacia un proceso de mayor entendimiento nacional, se ha profundizado de manera innecesaria en la polarización, lo cual resulta contrario al interés general de la nación.

Por su parte, el modelo de alianza de los partidos políticos está enfrentando su límite, las contradicciones internas y la ausencia de plataformas ideológicas y programáticas serias en cada uno de ellos, los ha convertido en meros agentes de confrontación de todo lo que hace el presidente, el vicepresidente y demás deudos. En los discursos políticos casi nunca hay realmente definiciones concretas respecto de cómo se va a lograr lo que proponen. Al contrario, todos los estrategas del discurso y de la gobernanza, apelan a las emociones sociales y hasta religiosas, y, en los casos extremos, a otras modalidades del discurso del odio.

Desmadejar los intrincados nudos de lo que implica ese discurso es tarea de los analistas. Pero en el juego político y la disputa por el poder, el mensaje es y seguirá siendo llano y simple: el pueblo es bueno, tiene siempre buenas intenciones y está del lado del gobierno, débil, pero democrático. En el lado opuesto, hay un grupo faccioso de intereses corruptos que buscan no solo incrementar sus privilegios, sino que incluso tienen la intención perversa de lastimar al pueblo. Lo llamativo de un discurso como el que han desplegado el presidente y sus seguidores es que, en una de sus aristas, hay una parte de verdad. Y es que Bolivia efectivamente ha sido saqueada una y otra vez por camarillas de políticos sin escrúpulos, y sin ningún o muy poco sentido de la ética pública en defensa de los intereses nacionales.

El problema es que, a pesar que existe razón en ello, eso no necesariamente garantiza que quienes acusan a los perversos no sean igual que ellos y que se trate sólo de un juego del estilo de muévete tú para ponerme yo; o que quienes denuncian, aun haciéndolo auténticamente, no sepan cuáles serían las estrategias apropiadas para resolver los grandes problemas nacionales; y, que aun sabiendo lo anterior, no tengan la capacidad operativa, organizativa y administrativa para implementar las medidas que se necesitan.

Se requiere mayor cohesión social, cuantos menos ciudadanos participen, menos representativo será el sistema, y cuanto menos representativo sea, más fácil será argumentar que “la política no sirve”. Es un ciclo que degrada lentamente la vida democrática hasta convertirla en una formalidad sin sustancia. El problema no es solo lo que se cree, sino lo que se deja de hacer. Cuando la convicción de que todo está podrido se vuelve hegemónica, los espacios de transformación se vacían. Y no hay democracia sin ciudadanía activa.

Lamentablemente, al tener ese cariz, desde la propia lógica presidencial, en esta administración poco importará si los programas socio-económicos contribuyen o no a erradicar la pobreza y reducir las desigualdades, si solo están pensados para construir una base de apoyo lo suficientemente robusta para garantizar que se mantenga en el poder hasta el 2030, bajo el supuesto, con tintes heroicos, de que su administración dará resultados extraordinarios en términos de pacificación del país, quiebre de las desigualdades, modificación estructural de las causas que provocan la pobreza, así como nuevas condiciones para un crecimiento económico sostenido y ecológicamente sostenible.

Quienes se dedican profesionalmente a la política y a la búsqueda de espacios de gobierno o de representación popular, siempre afirmarán que son depositarios del mejor modelo de sociedad posible.

Fernando Berríos Ayala es politólogo.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.