Imagen del autor
P

or años, Estados Unidos se presentó como árbitro del orden mundial, gendarme de una globalización diseñada a su imagen y semejanza. Sin embargo, las derrotas acumuladas en Oriente Medio y el desgaste estratégico en Europa han obligado a Washington a aceptar una verdad incómoda: El mundo ya no se ordena desde un solo centro.

Ante ese escenario, el imperio no avanza; se repliega. Y lo hace hacia el espacio que siempre consideró propio, hacia el control de la gran isla americana (Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica), el hemisferio que va del Río Bravo a la Patagonia; mismo que inspiró la Doctrina Monroe, el Destino Manifiesto y el Comando del Hemisferio Occidental (West-Hemcom).

El repliegue no es únicamente militar, al menos no de forma directa. Es económico, financiero y normativo, actualizando sus viejas doctrinas. Si el control global se diluye, hay que asegurar el patio principal de operaciones. América Latina vuelve a ser el tablero prioritario, no por nostalgia ideológica, sino por necesidad geopolítica. Recursos estratégicos, mercados cautivos, disciplinamiento político. Todo converge en una misma lógica de repliegue y control.

En los años noventa, el Consenso de Washington funcionó como la arquitectura económica del sometimiento operando privatizaciones, apertura irrestricta, desregulación y endeudamiento como mecanismos de control. Hoy, sin el consenso social de entonces y con sociedades más alertas, la estrategia muta. Ya no se impone con recetas universales, sino con decretos, “reformas técnicas” y condicionamientos financieros quirúrgicos.

En ese marco debe leerse el DS 5503 en Bolivia y eventuales decretos supremos de similar orden y naturaleza, como piezas que no nacen en el vacío. Este DS es parte de una secuencia regional que atraviesa Perú, Chile, Argentina y Ecuador. Cambian los nombres de las normas, pero no el libreto basado en la flexibilización para el capital, blindaje para los acreedores, presión sobre los Estados y transferencia silenciosa de soberanía económica. El chantaje ya no llega en buques de guerra, sino en informes de riesgo país, calificaciones crediticias y negociaciones con organismos multilaterales; se cambian los generales por los “inversioanistas” sin mutar el diseño geopolítico de control y supeditación.

Estados Unidos y sus socios financieros no necesitan ocupar territorios; les basta con ocupar decisiones. El endeudamiento se convierte en una herramienta de disciplinamiento político. La amenaza no es el bloqueo, sino el aislamiento financiero. No es el golpe clásico, sino la asfixia gradual. Un nuevo tipo de dominación que se presenta como técnica, neutral, inevitable.

Lo paradójico es que este repliegue revela debilidad. Un poder que controla por chantaje es un poder que ya no convence. Un imperio que mira de nuevo al sur es un imperio que ha perdido el norte. América Latina no es hoy el botín de una potencia triunfante, sino el último bastión de una hegemonía perdida.

La historia enseña que cada arquitectura de dominación genera, tarde o temprano, su propia resistencia. El Consenso de Washington cayó cuando los pueblos entendieron que no era un destino, sino una imposición. La nueva arquitectura económica, camuflada en decretos y tecnicismos, corre el mismo riesgo. Porque por más sofisticado que sea el mecanismo, ningún imperio puede sostenerse indefinidamente sobre la renuncia forzada de la soberanía.

El repliegue está en marcha. La pregunta no es si Estados Unidos intenta controlar de nuevo la gran isla americana, sino cuánto tiempo más podrá hacerlo sin que el continente decida, otra vez, cambiar el rumbo.

Gabriel Villalba Pérez es bogado, experto en Gestión de la Comunicación y docente de posgrado.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.