
ay algo particularmente curioso en la velocidad con la que una sociedad puede cambiar: la manera en que mira a una persona.
Hace unos días, Tatiana Marset, quien ha estado en el centro de una noticia judicial, brindaba una conferencia de prensa, a su salida de Palmasola, para cumplir detención domiciliaria. Fue entonces que periodistas entusiasmados se fotografiaron con ella. Poco después apareció como imagen publicitaria de una peluquería y, finalmente, supimos que fue elegida reina de una comparsa en Santa Cruz para el Carnaval 2027.
El interés de este escrito no es juzgarla ni condenarla por su parentesco. La responsabilidad penal es individual y corresponde a la justicia determinar lo que dependa del ámbito legal. En lo que quiero indagar es en lo siguiente: ¿cómo una persona que acaba de atravesar una situación judicial de enorme exposición pública puede pasar, en cuestión de días, del estigma al reconocimiento? O dicho con mayor precisión: ¿cómo pasó Tatiana de ser vinculada al narcotráfico y la sospecha, a ocupar espacios de representación social sin que necesariamente haya dejado de ser investigada?
No se trata tanto de Marset, se trata de nosotros. Porque una sociedad dice mucho de sí misma no solo cuando castiga, sino también cuando reconoce y celebra. Y quizás esta historia tenga mucho que ver con la forma en que construimos socialmente la reputación.
Nadie construye una reputación en soledad
La reputación parece, a primera vista, una característica individual: alguien es respetado o despreciado, y en ese sentido uno de los errores más comunes cuando hablamos de reputación es pensar que esta pertenece exclusivamente a la persona.
Lo cierto es que categorías como el respeto, la admiración o el rechazo se producen colectivamente y necesitan de quienes miran y aplauden. La reputación también se modela por lo que los demás expresan y modifican mediante acciones compartidas.
Por eso lo que está ocurriendo alrededor de Marset resulta revelador, porque estamos viendo cómo distintas instituciones y grupos sociales empiezan a relacionarse con ella desde lugares diferentes. Ese desplazamiento es el que me interesa indagar.
Erving Goffman explicaba que el estigma no es una cualidad intrínseca o negativa de un individuo, sino una relación social: una marca que adquiere significado a través de la interpretación colectiva.
En el caso de Tatiana hay, inevitablemente, un apellido: Marset. Esa marca no llega vacía al espacio público boliviano; está cargada de asociaciones vinculadas a uno de los casos de narcotráfico más notorios de los últimos años. Cabe preguntarse entonces: ¿puede una persona seguir bajo investigación judicial y, al mismo tiempo, ser investida socialmente como figura pública, celebridad o reina de carnaval?
La mujer investigada comienza a aparecer en fotografías mediáticas, ingresa en determinados circuitos sociales y es elegida reina sin que nadie medie una absolución legal. La justicia investiga, mientras, en paralelo, los medios amplifican su imagen y determinados sectores la incorporan a sus rituales de reconocimiento. ¿Hasta qué punto ambos sistemas puede coexistir al mismo tiempo?
El espectáculo y la mirada periodística
Tras la conferencia de prensa a su salida de Palmasola, varios periodistas se acercaron voluntariamente y con evidente entusiasmo a pedirle fotografías. Al respecto, la periodista Helga Velasco cuestionó esa actitud, advirtiendo sobre la constante confusión entre aquello que genera viralidad y aquello que constituye ejercicio periodístico.
Frente a una persona investigada el periodista ocupa, en principio, la posición de un observador. La ‘selfie’ altera esa relación: la fotografía deja de documentar el acontecimiento para convertirse en el acontecimiento mismo. Lo que podría parecer un gesto simpático, revela cómo la fascinación por un personaje puede desbordar la distancia profesional, transformando al informador en parte de la audiencia.
En ese desplazamiento se observa cómo la lógica del espectáculo empieza a contaminar espacios que, en teoría, deberían preservar la neutralidad. Por eso la crítica de Helga Velasco resulta sociológicamente relevante.
Y aquí mi pregunta es: ¿una fotografía con una fuente convierte automáticamente a un periodista en mal periodista? Quizá el problema no sea la imagen en sí, sino la relación social que produce. Los medios no solo cuentan sucesos; los encuadran, los jerarquizan y contribuyen a legitimarlos en la realidad social.
El poder de convertir el escándalo en glamour
Vivimos en un entorno donde ser conocido suele ser más valorado que ser virtuoso y la notoriedad se ha convertido en una forma de poder. Antes se requería cierta relevancia para alcanzar la fama; hoy, muchas veces basta la fama para volverse importante. Ese es, quizá uno de los rasgos más agudos de la cultura contemporánea: la capacidad de convertir la atención en capital social.
En este escenario opera la sociedad del espectáculo, caracterizada por reciclar la controversia en entretenimiento y transitar del rechazo a la fascinación casi sin mediación racional. Como analizaba Guy Debord, se trata de un modelo donde las relaciones humanas están mediadas por imágenes.
En este caso, la cadena es clara: un acto cotidiano es capturado por el periodista, el medio la publica, la interacción se multiplica a través de las redes sociales y de pronto tenemos un fenómeno colectivo que nadie necesariamente planeó. No es solo una foto, es una sucesión de interacciones que resignifica símbolos y abre puertas que antes permanecían cerradas.
¿Qué revela la corona?
Bastaron pocas horas tras su salida del penal para que una comparsa la nombre reina y representante del carnaval. Una cosa es la reincersión o normalización y otra la consagración pública.
Las ceremonias de reconocimiento son mecanismos mediante los cuales un grupo define su identidad, y en este punto la reina de una comparsa no es solamente una participante del festejo, es una figura de representación cuya corona actúa como un símbolo que condensa significados colectivos.
Emile Durkheim concebía los rituales como momentos en los que una sociedad se reúne para representarse a sí misma. Una celebración no solo entretiene: también reafirma la pertenencia. Por eso la pregunta interesante no es si ella merece o no llevar la corona, ese planteamiento pertenece a la esfera individual. La interrrogante sociológica es otra: ¿qué expresa esta comunidad sobre sí misma al elegirla como su representante? Una corona introduce una nueva jerarquía y desata una disputa sobre el lugar de esa persona en el espacio público.
Convivimos con un sistema de premios y castigos que no figura en ningún código legal. Mientras el sistema judicial investiga, el colectivo consagra. Mi inquietud final provoca ser autocríticos para aprender a distinguir entre integrar socialmente a una persona y convertirla en un símbolo de celebración. La corona puede estar sobre la cabeza de Tatiana, pero el peso simbólico de esa corona no lo sostiene ella sola; lo construimos y lo respaldamos nosotros.
T’ikita Wara es comunicadora, investigadora social y fundadora de Quechua Chiic.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
