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l Banco de Japón acaba de subir las tasas al máximo en 33 años. Mientras todo el mundo mira misiles en el Golfo Pérsico y la reciente apertura del ya famoso Estrecho de Ormuz (vale decir con reducción del precio del barril de petróleo), el verdadero movimiento está pasando en Tokio. Y eso nos golpea a nosotros directamente, aunque pocos se den cuenta.

Durante tres décadas, inversores japoneses pidieron dinero prestado en yenes baratos para meter plata en activos globales, Japón es el mayor tenedor extranjero de bonos del tesoro americano del planeta, además de acciones del S&P y bitcoin. Mientras el yen fue débil, el negocio funcionó. Ahora que Japón sube tasas, ese capital regresa a casa por pura matemática. Cuando esa plata se retire, los mercados caen en cadena. Y cuando caen los mercados globales, nos caen los precios de nuestras exportaciones.

Bolivia vive de lo que saca de la tierra: estaño, en esta gestión potenciado por el precio de los minerales, dada la caída de la exportación de gas por no tener reservas probadas y probables que nos permitan tener el auge de exportación de hace unos años. Eso es el 60-70% de nuestros ingresos de exportación. Si una corrección global baja precios un 12% – que es conservador en estos escenarios –, estamos hablando de perder entre 96 y 135 millones de dólares anuales. Eso es dinero que no entra al fisco, que no llega a inversión pública, que no se traduce en empleos.

Y hay más. Cuando los mercados entran en pánico, los inversores emergentes salen. Las reservas de divisas sienten presión. El boliviano, aunque está controlado por regulación del Banco Central, sufre volatilidad. El tipo de cambio puede depreciar 2 a 5% en cuestión de semanas. Eso encarece todo lo que importamos: gasolina, bienes de capital, medicinas. Y para empresas que tienen deuda en dólares, es un problema real. Además, pedir dinero prestado en el exterior se pone más caro. Si las primas por riesgo país suben 100 a 150 puntos base – que es lo que pasa cuando hay aversión al riesgo global –, cualquier financiamiento nuevo cuesta 1 a 1.5% más por año.

La pregunta obvia es: ¿qué haces dada esta coyuntura? La respuesta no es dramática, pero es incómoda. No controlamos lo que Japón hace. No controlamos a Wall Street. Somos una economía pequeña y primaria–exportadora en un mercado global que nos mueve como marionetas. El Banco Central ha acumulado reservas prudentes, el tipo de cambio está controlado, pero eso solo nos protege de implosión, no de turbulencia.

Lo que sí podemos hacer es prepararse. El BCB tiene que estar monitoreando reservas todos los días y hablando claro si hay presión. Las empresas exportadoras necesitan escenarios de caída de precios 15 a 20% y líneas de crédito preparadas. Se tiene que hacer lo que debería haberse hecho hace años: diversificar mercados de exportación (Brasil, Argentina, Chile, Perú en lugar de depender de especuladores estadounidenses), acumular fondos de estabilización en ciclos alcistas, y expandir la minería de litio porque es el futuro, no el gas que se acabará.

El verdadero crash nunca avisa en titulares. Viene en números silenciosos: reservas que bajan punto a punto, precios que caen lentamente durante semanas, flujos de capital que desaparecen sin ruido. Eso ya está empezando en Tokio. Si nuestro país está esperando a que sea evidente, estaremos reaccionando cuando ya sea tarde. La prudencia es moverse ahora, no cuando los daños estén en las noticias.

Roberto Barrios Garnica es economista, especialista en geoeconomía y experto en desarrollo de corredores bioceánicos.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.